miércoles, 2 de marzo de 2011

Dolor con “D” de Dios

Cuando una persona no es capaz de usar ambos ojos para ver, pierde la tercera dimensión, es incapaz de ver la profundidad, las perspectivas y algunos detalles. Pues bien, si esto pasa en el plano físico, algo similar sucede con la visión que tenemos de la vida.

Quien más, quien menos, todo sabemos que la vida se entreteje de gozo y dolor, esos son los dos ojos con los que hemos de ver la vida. Lo que no todos sabemos, o no lo recordamos habitualmente, es que el dolor no es forzosamente fruto de un error (salvo que nos remitamos ya de fondo a aquel pecado de Adán que hacen bien en llamar "original" entendido como el origen de las demás faltas… porque fuera de eso, lo de desconfiar de Dios es de lo menos original, casi que sin querer decir una herejía puedo sugerir llamarle algo así como "pecado por default").

Pero, retomo, las situaciones duras de la vida no son forzosamente "culpa" de algo o de alguien; de hecho, el dolor del inocente, uno de los interrogantes que han atravesado la historia de la humanidad, ha hecho a algunos renegar de Dios, y ha hecho a muchísimos más, abrazarse a ese Dios Padre que si bien no se le entiende siempre, siempre será más amoroso y sabio que nosotros, porque es el amor omnipotente.

He leído con admiración y respeto la entrevista hecha en diciembre del 2010 a Marcos e Irene, un joven matrimonio español, padres de cuatro hijos pequeños.

¿Y qué hace que sean dignos de mención? La respuesta correcta debería ser: pues primero que nada, ellos mismos, así de fácil. Pero también el hecho de que hayan decidido ser una familia misionera. Llevaban ya tiempo en Taiwán, lo cual ya a la mayoría nos parecerá algo muy interesante, pero no por eso menos complicado. Pensemos en lo que les habrá implicado el cambio de idioma, de cultura, la distancia de la familia, etc.

Mas no para ahí el caso, pues resulta que tras 18 meses de misión, a Irene le han detectado un cáncer que ha decidido no tratarse de la manera  que sería lo normal, ya que está embarazada… nuevamente. Su hijo número cinco viene en camino y ella con un cáncer.

Para algunos quizás la solución salta a la vista, aborta y atiéndete ese cáncer. Pero ella ha decidido seguir adelante con el embarazo, buscar los medios paliativos que no sean agresivos para el bebé, esperar a que el embarazo esté adelantado de modo que pueda nacer su hijo y entonces, sólo entonces, empezar a luchar con todo para superar el cáncer.

Unos les han tildado de locos, de imprudentes; otros de héroes, de santos. Pero ¿qué es lo que Cristo, lo que la Iglesia pide de un católico en un trance semejante? Lo que ella está haciendo, ¿puede considerarse admirable, o se trataría de un acto imprudente considerando los hijos que ya tiene y que pone en riesgo de crecer sin su madre? Pues morir no solo le afecta a ella: ¿qué hay de marido, qué hay de los otros hijos? ¿Sacrificarlo todo por uno al que no conocerá en caso de que el tratamiento llegue demasiado tarde?

En la entrevista se puede ver que estas preguntas no les son novedosas. Irene y Marcos han sopesado el tema por sus varios y complejos lados, son conscientes del riesgo que corren… Pero son aún más conscientes del Dios por el que corren este riesgo.

Primero que nada, la ley de Dios manda defender la vida, lo hemos aprendido de pequeños con el "no matarás" que es mucho más amplio y rico que una mera -pero importante- prohibición, pues incluye la parte activa y positiva de cuidar y promover la vida. Aquí tenemos dos vidas de por medio, la madre y el niño.

Quede claro por principio que el aborto no será nunca la solución, pero lo que Irene hace ahora es un acto heroico aún al margen de la fe que tan valientemente profesan. Cabe aquí especificar un poco. La Iglesia puede decir qué mal hemos de evitar, pero no cuánto bien hemos de practicar. En este caso, Irene podría seguir un tratamiento para curar su cáncer que, como consecuencia no querida, produzca la muerte del bebé. Es decir, nunca es lícito abortar –a nadie y bajo ningún concepto-; pero en un caso como el de una madre que no está buscando eliminar al bebé, sino curarse, también cuando el tratamiento -pongamos como ejemplo, la quimioterapia- tuviese como consecuencia querida la posible mejoría de la madre y como consecuencia no querida ni buscada la muerte del bebé. De este modo, estaría actuando correctamente. De ahí que la decisión de Irene tenga la belleza del “extra”, pues lo propio del amor es superar lo meramente correcto o justo.

Por eso empecé esta nota con la referencia a ver con los dos ojos a no perder la tercera dimensión. No podemos ver este caso solo desde el dolor o solo desde el gozo, pues lo empobreceríamos, lo falsearíamos. Queda patente cuál es el dolor del caso, que vemos con ese ojo: el dolor de una enfermedad grave, padecida por una mujer joven que es esposa y madre, por una católica comprometida, un embarazo de alto riesgo, y un larguísimo etcétera.

¿Y cuál será aquí la lista del ojo del gozo? ¿Qué se puede gozar de una situación así? La belleza de un ejemplo heroico, de una actitud de verdadera confianza en Dios, de olvido personal en favor del otro… ¿No será que a veces no nos dejemos conquistar, o siquiera interpelar, por esta belleza pues lleva consigo una pregunta que no queremos responder? La pregunta es más bien una autoinvitación a la imitación desde nuestra propia realidad, ya que sabes desde el plano filosófico que el bien es de suyo expansivo…

Este ejemplo de donación se nos presenta como una luz para el camino… o nos amenaza como un nubarrón. Cada uno sabrá. Pero el caso es que el juicio negativo (la visión tuerta) vendrá quizás de no querer hacer igual, de que todo aquello que yo no quiera imitar quede como erróneo (vamos, que así uno se siente menos mal que permanecer pasivo). Y una visión tuerta de gozo… podría ser ignorancia de la situación real, lo cual quitaría libertad  y madurez a la opción de Irene.

Nos encontramos pues con una mujer de muy buena vista. Ha logrado fusionar lo percibido desde el dolor y desde el gozo, y tiene ante sí un panorama profundo, lleno de detalles, dador de una correcta perspectiva: frente a frente con la vida y la muerte de modo tan crudo, queda poca o nula intención de engaño o evasión, son los momentos de verdad por antonomasia.

Así que, ¿pobre de quién? ¿De esta mujer que se acoge a la providencia de un Dios amorosísimo?

Qué más quisiera que poder asegurar su curación, pero no puedo. Pero sí puedo asegurar que esos niños sabrán que su madre los ama realmente más que a su vida (y no hay hipérbole alguna aquí). O más bien, pobres de nosotros que podemos ir perdiendo la profundidad de vista, la perspectiva de la cosas, por no haber tenido la experiencia de que dolor puede ser escrito con la misma letra que Dios.


http://www.blogs.catholic.net/analisisyactualidad/2011/02/dolor_con_d_de_dios.html#more



1 comentario:

Paulina Nuñez dijo...

Ma. Guadalupe, primero que nada mil gracias por poner tu comentario, no te imaginas cuanto me ayuda recibir retroalimentación orada y pensada como se ve que es en tu caso. Y tienes razón sobre el perdón, de hecho, en la liturgia pascual tenemos la maravillosa frase "feliz la culpa que nos mereció tal redentor".

La idea de relacionar dolor con Dios es más por el lado del sentido del dolor no como una "culpa", sino casi como un don... don que el mismo Cristo asumió y por lo tanto santificó, es el misterio de la fuerza del cordero. Un abrazo por seguir en contacto.