domingo, 19 de diciembre de 2010

El buey, el burro y... ¿ Santa Claus?

   Un buen día, tras cierta calma, como siempre llega nuevamente la tormenta. El niño, la tele, la escuela y la oficina...todo el mundo nos grita que ya llegó Navidad. Pues manos a la obra. Tomar con algo de enfado lo que debería darnos gusto, "¿dónde quedaron las cajas de adornos?", sacudir, intentar tener todo listo. Y es que nunca falla, año tras año, con la teoría sobre la evolución.-- Darwin se quedó corto y nos parece pobre al ver un Nacimiento donde San José se ha quedado paulatinamente sin nariz; el Niño es del tamaño del ángel, al que en cuanto se le despostille más el ala que le queda se le nombrará un pastorcito del montón entre aquellos que tienen sobre los hombros los restos de yeso de lo que en un inicio fue un borreguito. Ni que decir de las aberraciones a toda ley natural poniendo en aquellas tierras tan lejanas elefantes africanos que caminan al lado de guajalotes, pollitos, perros y un solo pato pero del tamaño del portal completo, es una tradición, han estado ahí desde épocas inmemoriales. No podemos quitarlos.

   Incesantes esfuerzos por rescatar la última serie de foquitos bajo el sofisma de que sólo se cambia uno, el indicado, y la serie estará como nueva. Polvo, papel, un poco de musgo y restos de las piezas mártires de la desesperación al intentar guardar todo el año pasado. No podemos dejar de mencionar el árbol de Navidad que nunca es tan alto, tan verde y tan frondoso como esperabas, siempre ensucia "demasiado" (yo no sé si existe un patrón que indique cuanto debe ensuciar un pino, pero siempre es demasiado). Puedo enumerar mil y un rituales que acompañan a la preparación para las fiestas en cada familia mexicana y siempre diré pocas.

   La cuestión es, ¿cómo compaginar tanto ajetreo con días de reflexión?, no es congruente echar en la Navidad la casa por la ventana cuando para esto echo a la Navidad por la ventana de la casa. Ahora que tan de moda está todo lo natural, lo "auténtico", ¿qué tan auténticos somos nosotros cantarle a Juana que traiga los cacahuates, tomar ponche y romper piñata entre villancicos de pueblo, al mismo tiempo que por dentro solo esperamos no salir nuevamente estafados en el intercambio, pues el año pasado regalamos una pluma Mont Blanc y nos salieron con un juego de carpetitas azul pastel para la sala; pedimos posada a los peregrinos, pero tratamos de no cantar muy cerca de Fulanita, que seguramente me va a pedir que saliendo la lleva a su casa, teniendo que oír nuevamente la historia de cómo echa de menos a su familia que no vive aquí; pensamos que la suegra es muy poco generosa pues no le pagó a su nieto el viaje a Disney, mientras otro se tarda en darle a la muchacha algo de aguinaldo y aún más para preguntarle dónde pasará la Navidad. Le desean lo pase muy bien no sin recordarle que se le espera temprano el 25 para lavar todo lo que en la cena se ensucia...

   Los dos aspectos se han vuelto igualmente tradicionales en la Navidad. No sé si al nacimiento mutante y tan tolerante deberemos de agregar un Santa Claus junto al buey y al burro. No sé si los pastores llevaron sus regalos pues así comerían de lo que llevó el vecino. No sé si con tanto adorno tratamos de decorar la casa o de disfrazarla, sinceramente hay muchas cosas que no sé.


   Quizá sea momento de desempolvar además de los adornos esa ilusión que de niños nos hacía esperar diciembre ignorando el celofán y la "pesada cuesta de enero". Sigamos sacando piezas del Nacimiento. Si el pato puede ser del tamaño del portal también nosotros podemos salir del contexto y en esta Navidad estar sencillamente más dispuestos.


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