Mostrando entradas con la etiqueta disculpa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta disculpa. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de agosto de 2011

¿"Suficientemente" lejos de Dios? jamás...

No tengo una vida tan anecdótica, por pura gracia de Dios... Precioso testimonio para levantar el ánimo, no hay imposibles para Dios, nadie está lo "suficientemente" lejos... Así que les dejo un copy & paste en el que pretendo dejar el "honor a quien honor merece", primero que nada a Dios, a la religiosa en cuestión por su docilidad a la gracia, a los excelentes autores de "Religión en libertad" en este caso a Mónica Vázquez y a los buenos samaritanos de facebook que nos comparten estos artículos buenos en forma y fondo...

Mónica Vázquez/ReL en http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=4662

«Vivía en la calle Preciados y frecuentaba la noche. Me encantaba estar en ese ambiente de los que fumaban porros, las prostitutas, los borrachos, serenos; iba por los bares de la calle Montera y de Fuencarral, donde estaban los gays y lesbianas; tenía una vida sexual muy activa y me quedé embarazada a los 17», comenta Elsa, originaria de La Rioja.
 
«Iba a la iglesia del Carmen a llorar esta doble vida porque dentro sentía como una agonía», asegura. Querer sacar a su hijo adelante fue lo que la impulsó a aceptar llevar un paquete con droga a Canarias, por lo que le ofrecían una gran cantidad de dinero. La Policía la detuvo y estuvo tres años presa en la antigua cárcel de Yeserías. «Fue una experiencia maravillosa. Se sufre mucho en la cárcel, pero en el sufrimiento he llegado al entendimiento», indica con sabiduría. Cuando le dieron la ficha de salida la rompió y dejó la prisión a los dos meses. «No quería salir por lo mal que me había tratado mi familia en las visitas», confiesa.

Un encuentro carismático
Una vez fuera de la cárcel participó de un encuentro de la Confraternidad Carcelaria de España al que iba a asistir monseñor Milingo, aunque finalmente fue presidido por el entonces obispo auxiliar de Madrid, Javier Martínez. «El primer día, varios presos salieron a dar testimonio y sentí una fuerza que me impulsó a ir frente al micrófono», señala. Allí, la directora de Confraternidad Carcelaria, Carmen Rubio, le invitó a la adoración nocturna de los viernes en la calle Fomento, 13, donde empezó a ir. Jesús había puesto su semilla, pero el ambiente del piso de acogida donde residía entonces no la ayudó a desarrollar su espiritualidad. «Comencé a consumir cocaína y cada vez aumentaba las dosis. Me salvó la llamada de mi hijo que estaba en La Rioja. Me dijo que vendría a Madrid y entonces automáticamente dejé de consumir», explica.
 
Un mes después del encuentro participó en la Asamblea Nacional de la Renovación Carismática Católica. Un preso le pidió que lo acompañara a la «intercesión». Ella no sabía de qué se trataba, pero vio que los demás extendían sus manos mientras oraban por él. Entonces ella también quiso que oraran por ella. «El Señor me dice que vas a ser luz para mucha gente, pero espera a la persona que te va a liberar», le señalaron.Llegó la hora de la adoración y sintió un gran desasosiego. Apareció Carmen Rubio, quien «me agarró fuertemente del brazo y me dijo que el Señor me pregunta que cuánto llevas sin confesarte . Intenté que me dejara en paz, pero ella seguía agarrándome fuertemente». Elsa vio su vida pasar como un flash por su mente. Hacía ocho años que no se confesaba. En ese instante divisó a un sacerdote y no lo dudó.
 
Después fue ante el Santísimo: «Sentí una fuerza tremenda, como un fuego; me desplomé con una congoja llena de alegría que no he vuelto a experimentar. Vi lo que yo era, me encontré con el Señor, empezaron a cantar Cristo rompe las cadenas », prosigue.

Borrachera mentalEn la eucaristía hubo varias curaciones. «Yo creí que estaban todos comprados -dice en referencia a los que levantaban la mano para decir que habían sido sanados- y de repente el padre Robert de Grandis afirmó con fuerza: El Señor me dice que quienes sientan como una borrachera mental estarán empezando a amar la eucaristía , y una fuerza me hizo levantar el brazo», continúa.
 
«Ya no era la misma, el Señor me había transformado».«Entonces me di cuenta de que mi vocación y el Señor habían estado siempre. Pero pensaba que no podía ser monja por mi hijo. Sin embargo, a cada monasterio que entraba por curiosidad me decían que había una madre monja, y en el de Cañas de La Rioja me señalaron que existía una abuela que tenía siete nietos. Además los libros de espiritualidad que me encontraba era de santas que habían sido madres», añade. El hijo de Elsa, ya con 18 años, ingresó en el Ejército, y entonces se sintió libre de responsabilidades para entrar al convento.
 
Ahora es una monja dicharachera que vive haciendo reír a los demás. «A mis compañeras del convento las pincho para que tengan de qué confesarse», narra divertida. Es parte de su carácter. «Cuando era niña me comía las hostias que había en las ofrendas para obligarle al cura a abrir el sagrario, porque me decían que ahí estaba Cristo», ríe a carcajadas. Ahora ya es feliz.

sábado, 23 de julio de 2011

Viernes peatonal "La compresión, disciplina olímpica"

El día de hoy tuve mi paseo semanal con la calle de Vasconcelos, con una desviación por Calzada San Pedro para pasar a una mercería y de paso confirmar mi casi incredulidad de que pertenezcan al mismo municipio...

El ejercicio que da nombre a este post, la comprensión, lo había empezado a ejercitar desde rato antes, cuando tomé el primer camión. Digamos que el chofer venía convencido de que habíamos tomado café sin revolver y nos hacía el favor de revolvernos ahora... frena, acelera, se cuela... en fin, un tobogán pero sin agua y sin ganas de ser zarandeada. Tanto más inoportuno, cuanto que yo pretendía ir leyendo amigablemente, temí perder la cornea súbitamente desprendida que saliera disparada contra la nuca del pasajero de enfrente. Por amor a mis ojitos, dejé la lectura y empecé a rezar el rosario (no vaya usted a creer que como medida preventiva en caso de choque, digamos más bien que era un tiempo propicio) Y así empecé a tratar de entender porqué este amigo iba así de rápido, pensando ¿pero él qué prisa si de cualquier modo hará este mismo recorrido hasta determinada hora? prisa los pasajeros... pero ¿él?

En el camión de regreso a casa (que creo que tomó clases de manejo en el mismo lugar de su homólogo matutino) además se descompuso el camión. Desde que me subí muy sonriente y amable, mis buenos días, fueron mal acogidos e incorrespondidos... pues nada... pero no pude evitar el fugaz sentir "pus' este, peor por él"... Ya que se nuestro autobus decidió no avanzar más, nos dice con cara de inmenso fastidio que nos pasarán a otra unidad (unidad... no acabo de tener claro que caso ven en decirle "unidad" al camión y "operador" al chofer, pero, venga, lo respeto), la cosa es que la unidad ya no quería obedecer a su operador y nosotros, a esperar otro camión (sorry, unidad....) que llevara la misma ruta. Los pasajeros, unos seis en total, nos quedamos en nuestros lugares, con aire acondicionado, ahí sí puede volver a mi lectura, hasta que vi al operador en la calle, buscando suplente y empecé a pensar ¿y él qué hará? ¿qué le implica a él de tiempo, de espera, de justificaciones con su supervisor? Y tras mi experiencia con el viejito (cfr. post anterior...) ya procuro traer además de estampas y medallas religiosas, algo para aligerar en algo el cansancio físico de alguien... ¿acaso Jesús no les preparó el desayuno a los suyos en el Tiberiades antes de reconfirmar a Pedro? Pues así yo pero en mirrumétrico, le di las gracias, le pregunté un poco sobre qué haría él (solo un poco pues ya estaba ahí la otra "unidad") y le dejé unos dulces. Muy contrariamente al viejito de la semana pasada, y al él mismo cuando empezamos el camino que para mi era regreso a casa pero para él era ver las mismas calles, sortear con los demás coches (coches solo en el mejor de los casos, sabemos que la situación de inseguridad en las calles es proporcional al tiempo que pasamos en ellas... y ellos pasan muuuuchas horas)

De ahí que, comprensión, apenas puedo imaginar lo que estos hombres tienen que vivir cada día, quizás no siempre pueda justificar sus "malas caras" ¿pero por qué habría de ser yo quién lo justifique? A lo mejor, por cada persona que intenta saludarlo de buenas, están 20 que lo ignoran y varios otros conductores que le recuerdan su procedencia materna en cada semáforo... Comprensión, ¿porqué TENDRÍA que haberme respondido como yo tenía esperado? Y tanto el término del viaje como el resto del día han llevado esto de fondo, en casi cada encuentro del día...

Creo que nuestra vida personal sería mucho más "rica" esperando menos en nuestras "expectativas" pero sí dándole siempre y a todos el beneficio no solo de la duda, sino de la comprensión.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Sobre las disculpas y el perdón



No sé qué tengo yo con las etimologías... creo que mi gusto va creciendo por el gran favor que me hace la precisión de términos, pues cuántas veces batallamos para poder conceptualizar lo que llevamos dentro... no en afán controlador o racionalista, sino incluso como muestra de gratitud para con Dios, llamar a las cosas por su nombre, en la medida de lo posible, fue una de las primeras tareas de Adán con Dios: a eso le llamaré mar, a aquello sol, a lo demás allá bosque... Y yo en mi alma percibo algo similar: esto que está por aquí es ternura, aquello son expectativas, lo de más acá es nostalgia de oración... y sigue la lista.
Les comparto una especificación del todo amateur, nada académico - de ante mano pido disculpas si comento una barbaridad lingüística, aquí mi finalidad es de otro tipo, gracias por la comprensión-. En la vida, todos nos hemos encontrado en situaciones en que ofendimos o hemos sido ofendidos, con o sin razón, con o sin intención, pero el hecho es que esa relación (familiar, amistosa, laboral, etc...) se ha visto mermada, debilitada y ha de ser restaurada. También Dios entra en juego aquí... a veces nos enojamos con Dios, sabemos que Él siempre nos perdona por medio del sacramento de la reconciliación - nombre sumamente ilustrativo- pero ¿nosotros tenemos algo qué perdonarle? ¿sabríamos hacerlo o si quiera tenemos derecho para sentirnos ofendidos con Él? Aquí vino a mi auxilio la citada etimología y el fiel tumba-burros, poniendo en la mesa de herramientas: la disculpa y el perdón.
El verbo "disculpar", tiene como significado dis- y culpa, es decir, razón que se da ocausa que se alega para excusar o purgar una culpa, mientras que "perdonar" viene del latín per y donāre, o para dar. Y al caer en la cuenta de esto, que es bastante sencillo me parece que podemos encauzar algunos o muchos pendientes interiores.
Disculpamos cuando hay en el otro una culpa que olvidar, pasar por alto, aclarar... pero en conclusión hay en el otro algo que nos hizo o percibimos como daño de alguna manera.
Por otro lado, perdonar no implica siempre haber recibido un daño, es decir, no TIENE que haber culpa en el otro, aún cuando la relación se haya dañado o debilitado. Quizás con algún familiar o amigo encontramos que las cosas no van del todo bien, pero la mera idea de tener que disculparlo se nos presenta poco clara pues no hay un punto concreto que aclarar, pero probablemente no hemos intentado el camino del perdón... del volver a dar... volver a dar la confianza, el cariño, el trato amistoso... Nos hemos dolido por algo (ofensa "activa") o por falta de algo (de una palabra o geste que considerábamos justo u oportuno, una omisión que podríamos llamar ofensa "pasiva") En este caso cabe la plenitud del proceso del perdón, volver a dar lo que en esa relación se ha perdido o enfriado.
Visto desde este ángulo, inclusive podemos revisar el estado de nuestra relación personal con Dios. Quizás sí estamos en vida de gracia (paso de inmenso valor, verdadero tesoro), pero nuestro trato es frío, funcional o tristemente nulo, no peco mortalmente, pero en la vida ordinaria - la casa, en trabajo, etc...- a penas aparece, no lo ofendo pero tampoco le tengo en cuenta. Cuesta trabajo atreverse a abrir la posibilidad de que algo que haya pasado en nuestra vida - querido o solamente permitido por Dios- nos haya dañado mucho, no se lo recriminamos... pero las cosas no han vuelto a ser las mismas. A Dios nadie tiene nada que disculparle, en Él no cabe la culpa, ¿pero no será necesario renovar el don?, es decir, perdonar...
Y Dios, nos disculpa y perdona día a día. Qué afortunados somos.